miércoles, 2 de julio de 2008

El amor y el desengaño

El amor por el trabajo bien hecho es una virtud innata en quienes la poseen, es el buen hacer en cada procedimiento y perfeccionar día a día las formas y los métodos de trabajo. Con la experiencia entendemos las infinitas excepciones de nuestro trabajo cotidiano y logramos una visión de conjunto que solo con la práctica y el análisis de los errores se consigue.

"La empresa" actual no concede ninguna importancia al trabajo bien hecho, solo le interesa el mero trabajo hecho. La calidad es vista como un coste de producción que encarece el producto y un término incómodo e inoportuno.

El trabajador no es un medio para conseguir la calidad y aumentar el valor y prestigio de la empresa y su marca sino un mero coste de producción y por ello se minimiza tanto en su número (con despidos) como en su calidad (contratando personal incompetente y barato).

El desengaño: un trabajador que va a su puesto de trabajo no a pasar el rato sino a aprender cada día, a formarse, a perfeccionar sus métodos, un verdadero profesional con amor propio y gusto por el trabajo bien hecho y que ejecuta cada procedimiento de manera precisa y repetible para evitar los errores.

Tras años en su empresa aumentando el prestigio de la marca, formando una cartera de clientes que aprecian su forma de trabajar, mostrando cada día que el valor añadido tiene un precio, que aunque en ocasiones pueda ser alto es absolutamente justo.

Se siente realmente a gusto en su puesto, su trabajo le gusta, se documenta profusamente, conoce de antemano los nuevos productos pues está en contacto con los fabricantes, tiene conocimientos sobre todos los roadmaps futuros, las tendencias de mercado, etc.

Conoce el funcionamiento interno de cada componente, cada pieza, no porque nadie se lo requiera sino por su afán de saber y conocer.

Pero a "la empresa" le es indiferente, más todavía, le es incómodo. Es un trabajador "diferente" que no tiene cabida en la política de uniformidad, mediocridad y acomodamiento. Es más, sus virtudes nunca serán conocidas fuera de su pequeño "círculo" de trabajo, no interesa. Es triste, pero es la manera de actuar de "la empresa" en este país.

Parece mentira, pero años atrás, cuando yo estudié varias asignaturas libres sobre organización de empresas y similares no recuerdo ni por asomo que el único baremo que se deba utilizar en la gestión de una empresa sean los costes.

Más al contrario, existía el concepto de inversión, inversión para después recoger un beneficio. Inversión en personal cualificado e identificado con la filosofía de la empresa, que sienta que el futuro de la empresa es también su futuro.

Un personal que vea incentivado su esfuerzo, que se potencie su rendimiento y su calidad en el trabajo, pues sin duda redunda directamente en un mayor beneficio para la empresa.

No hay mejor manera de motivar que sentir que formas parte de una entidad mayor para la que eres importante (que no imprescindible), que te valora y te recompensa si lo mereces, pues tenéis el mismo objetivo: el crecimiento.

Siento, y creedme que lo siento de verdad, que mi actual empresa no actúe de este modo. Los trabajadores somos todos iguales, meros "operarios" que ejecutamos operaciones sobre piezas, sin más. Si alguien sobresale es más un estorbo que alguien que merece ser incentivado para que todavía mejore más.

Suerte tengo de que mi trabajo me gusta, lo que en parte suple mi escaso sueldo. A parte, como freelance, disfruto de una clientela fiel que valora un servicio de extrema calidad, un trato personal y la mutua confianza. Verdaderamente, he logrado amistades duraderas entre mis clientes y es algo que me llena de satisfacción.

Pero lo que sería verdaderamente satisfactorio sería que pudiese ganarme enteramente mi sustento en mi empresa, que para eso es mi trabajo.